Inolvidables momentos...... Nuestra escuela en el año 1963

14 de abril de 2020

CUENTO 2


 UN PUEBLITO, de Silvia Schujer
Justo justo en el medio del mundo hay un pueblo tan chiquito, que en la historia se lo conoce, simplemente con el nombre "Pueblito". No sólo la pequeñez es lo que diferencia a Pueblito de los demás pueblos y ciudades del mundo, sino también sus costumbres.

Por ejemplo, que todos se conocen de memoria. Que viven agrupados en familias en las que, además de abuelos, abuelas y mamás, hay animales y plantas que llevan el mismo apellido.

Y qué cosa. A pesar de estar justo justo en el medio del mundo, Pueblito es un lugar muy poco visitado. Hay quienes no van porque opinan que es aburrido: no hay autos, no hay barullo ni graciosas confiterías.

Un día, sin embargo, llegó a Pueblito un señor nada joven, gordo, panzón y con cara de batata. Por todo equipaje traía una cámara fotográfica que colgaba de su cuello y un bolso. Era una mañana de sol y los pueblitenses, al verlo, lo recibieron contentos, con bombos y platillos.

El señor gordo panzón con cara de batata se acercó muy serio.

—Soy un gran empresario. Un réquete recontra empresario que sabe mucho de grandes empresas —dijo con voz distinguida.

Los pueblitenses lo miraron sin entender: no conocían la palabra "empresario", pero igual le ofrecieron ayuda.

—Quiero poner una gran empresa en este lugar —dijo el señor gordo y panzón—. Para eso, tengo que hacerlos famosos.

Los pueblitenses lo escucharon atentos.

—Necesito que me muestren los paisajes de este pueblo y mis fotos se convertirán en postales que el mundo entero verá y querrá conocer.

El presidente de Pueblito señaló la Plaza Central, llena de grandes y chicos pueblitenses y dijo:

—Éste es el paisaje más lindo que tenemos.

Pero el gordo panzón con cara de batata, frunció la nariz como de no gustarle. Y peguntó si no tenían museos, monumentos importantes...

—Aquella piedra donde duermen los pájaros es nuestro monumento nacional —respondieron seguros de éxito los pueblitenses.

Pero el gordo panzón con cara de batata, frunció la nariz como de no gustarle. Y algo enojado preguntó si acaso no tenían mares, palmeras, montes nevados.

—No —dijeron los pueblitenses preocupados por no poder ayudar al extranjero.

—Esto es una porquería —gruñó el señor.

Y los pueblitenses se largaron a llorar amargamente por el insulto.

Las inteligentes mariposas, que son mayoría en Pueblito, vieron lo que pasaba, y entre todas dibujaron sobre el cielo un hermoso paisaje de palmeras y mar. Al instante, cambiaron el dibujo y se volvieron montañas y ríos. Luego mar otra vez.

—¡Vea eso señor! —dijo el presidente: ¡qué lindo mar! ¡qué palmera tan alta tenemos!

—Ustedes me están embromando. Esas son mariposas —dijo el gordo panzón con cara de batata.

Y con la cámara de fotos y su bolso, empezó a caminar hacia otra parte, abandonando Pueblito. "Esto es una porquería", repetía a gritos mientras se alejaba.

Pero ya nadie podía escucharlo. Los pueblitenses estaban maravillados con los dibujos de las mariposas. Mares, palmeras, montañas, ríos y bosques que, desde ese día, convirtieron a Pueblito en el único lugar del mundo donde, al mismo tiempo, pueden existir todos los climas y paisajes que se imaginan.

FIN 

"Cuentos y chinventos" (1986).


13 de abril de 2020

CUENTOS DE SILVIA SHUJER

Cuento 1:              EL ASTRONAUTA DEL BARRIO

Apenas sonó el despertador, el señor Poquito Pérez saltó de la cama como un resorte. Se quedó un rato parado en el medio del cuarto, y cuando creyó estar despierto, subió la persiana.

"Va a ser un día de sol", se dijo. Porque a través de la ventana vio que el cielo estaba celeste.

Pensando en el sol, el señor Poquito Pérez se pegó una ducha fresca y se vistió con ropa liviana: un pantaloncito corto, una remera de hilo y una gorra con visera. También preparó los anteojos negros, pero no se los puso hasta la hora de salir.

Antes de afeitarse prendió la radio y escuchó un informativo. Entre noticia y noticia, el locutor le recordó a la gente que esa mañana empezaba el invierno.

"¡Pero si ya estamos en invierno!", se acordó el señor Poquito Pérez.



Así que, para no morirse de frío en la calle (a veces, aunque haya sol hace frío), además de lo que ya se había puesto, se calzó un buzo, un pañuelo de garganta, guantes y un par de medias de lana.

Después de afeitarse, el señor Poquito Pérez fue a la cocina a prepararse unos mates. Estaba desayunando cuando en eso miró la hora y recordó que no era domingo, que tenía que ir al trabajo.

"¡Qué tonto!", se dijo. "¿Cómo voy a ir a trabajar con pantaloncitos cortos?".

Volvió entonces a su habitación y así nomás -para no perder tiempo- se puso unos pantalones largos arriba de los cortitos, el saco del traje arriba del buzo (y de la remera) y un par de zapatos sobre las medias de lana.

Antes de salir a la calle, el señor Poquito Pérez volvió a mirar por la ventana y el celeste del cielo se había vuelto gris. No sólo no había una hilacha de sol, sino que las nubes, gordísimas, parecían a punto de explotar.

—Va a llover —comentó—. Lo que me faltaba.

Y para no mojarse, encima de lo que ya tenía, se puso una campera con capucha. Sobre la campera, un piloto y sobre los zapatos —para no arruinarlos— un par de botas de goma.

Un poco incómodo, el señor Poquito Pérez abrió la puerta y salió de su casa. Caminaba por la vereda tan despacio y endurecido de ropa que más de un vecino lo confundió con un astronauta. Y hasta tal punto parecía un astronauta que él mismo se convenció: cuando llegó a la parada, en vez de un colectivo, tomó una nave espacial (una que pasaba por la esquina). Y tan bien lo trataron en la nave esa mañana que, en vez de ir al trabajo, el señor Poquito Pérez, se fue derecho a la Luna.

Y lo bien que lo pasó...



FIN

Del libro El astronauta del barrio (Alfaguara)

10 de abril de 2020

ESCUCHAMOS UN CUENTO !!!!...... Con el sol entre los ojos - Elsa Bornemann




“Con el sol entre los ojos” es parte de una compilación de 12 cuentos de chicos enamorados llamada “No somos irrompibles”, escrita por la autora argentina Elsa Bornemann. . Editorial Alfaguara.

9 de abril de 2020

BIOGRAFÍAS....

Conocemos un poco sobre la vida de nuestras Autoras argentinas !!

LILIANA BODOC


Liliana  Chiavetta, conocida como Liliana  Bodoc  (Santa Fe, 21 de julio de 1958-Mendoza, 6 de febrero de 2018), ​ fue una escritora y poetisa argentina que se especializó en literatura juvenil.
 Desde los cinco años vivió en Mendoza, Argentina. Estudió letras en la Universidad de Cuyo y  ejerció la docencia, a demás de ser poeta y narradora. 
En Buenos Aires, su primer novela "Los días del Venado" no tardó en convertirse en un libro de mucha popularidad luego de que ella lograra con mucho esfuerzo conseguir una editorial dispuesta a editarlo, lo cual finalmente consiguió gracias a la alta calidad de escritura, interesante trama, entrañables personajes y paralelismo con la historia latinoamericana que caracterizan la novela.

GRACIELA MONTES

Nació en Buenos Aires, Argentina, 18 de marzo de 1947) es una escritora y traductora argentina.​Se crio en Florida, un barrio del Gran Buenos Aires.​ Se recibió de Profesora en Letras en 1971 en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.​
Fue miembro fundador de ALIJA (Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de la Argentina), cofundadora de la revista cultural "La Mancha" y co-directora durante sus dos primeros años.​
Obtuvo el "Premio Lazarillo" en 1980 y fue nominada candidata por Argentina al Premio Internacional "Hans Christian Andersen" en 1996, 1998 y 2000. En 1999, ganó el premio "Pregonero de Honor" y en 2004 obtuvo un diploma de la Fundación Konex en la categoría "Literatura Infantil".​
En 2018, le otorgaron el XIV Premio Iberoamericano SM de Literatura Infantil y Juvenil.
Algunos de sus cuentos para niños han sido traducidos al alemán, francés, italiano, portugués, griego y catalán. 

LAURA DEVETACH


María Laura Devetach​  Nació en Reconquista, provincia de Santa Fe, Argentina, 5 de octubre de 1936) es una escritora, poeta, narradora y docente argentina.

 Se dedica especialmente al público infantil. También ha escrito obras teatrales y libretos para radio y televisión.​ Licenciada en Letras Modernas, ha ejercido la docencia a nivel primario, medio, terciario y universitario.​ Ha sido, junto a escritores argentinos como María Elena Walsh, Graciela Montes, Ema Wolf, Ricardo Mariño o Elsa Bornemann, precursora de la literatura infantil.

​ Sus libros estuvieron prohibidos durante la dictadura militar que gobernó el país entre 1976 y 1983.​ Publicó numerosos títulos para niños y adultos en los géneros poesía, narrativa, teatro y reflexiones teóricas. Parte de esta obra fue publicada en otros países. 
Creó y dirigió colecciones de libros para niños y coordinó durante más de diez años un taller laboratorio sobre procesos creativos en relación a la lectura y a la escritura. Ejerció el periodismo y colabora en publicaciones especializadas​.
Publicó más de noventa obras, la mayoría infantiles, si bien hay ensayos ,  poesía y cuentos que apuntan a un público adulto.​ Estos libros acompañaron y formaron varias generaciones de lectores, desde 1965.
 Muchos de esos títulos aún hoy continúan siendo reeditados.​


8 de abril de 2020

2º cuento:.... EL HOMBRECITO VERDE Y SU PÁJARO

El hombrecito verde de la casa verde del país verde tenía un pájaro.

Era un pájaro verde de verde vuelo. Vivía en una jaula verde y picoteaba verdes verdes semillas. El hombrecito verde cultivaba la tierra verde, tocaba verde música en su flauta y abría la puerta verde de la jaula para que su pájaro saliera cuando tuviera ganas.

El pájaro se iba a picotear semillas y volaba verde, verde, verdemente. Un día en medio de un verde vuelo, vio unos racimos que le hicieron esponjar las verdes plumas.

El pájaro picoteó verdemente los racimos y sintió una gran alegría color naranja. Y voló, y su vuelo fue de otro color. Y cantó, y su canto fue de otro color.

Cuando llegó a la casita verde, el hombrecito verde lo esperaba con verde sonrisa.

–¡Hola, pájaro! –le dijo.

Y lo miró revolotear sobre el sillón verde, la verde pava y el libro verde. Pero en cada vuelo verde y en cada trino, el pájaro dejaba manchitas amarillas, pequeños puntos blancos y violetas.

El hombrecito verde vio con asombro cómo el pájaro ponía colores en su sillón verde, en sus cortinas y en su cafetera.

–¡Oh, no! –dijo verdemente alarmado.

Y miró bien a su pájaro verde y lo encontró un poco lila y un poco verde mar.

–¡Oh, no! –dijo, y con verde apuro buscó pintura verde y pintó el pico, pintó las patas, pintó las plumas.

Pero cuando el pájaro cantó, no pudo pintar su canto.

Y cuando el pájaro voló, no pudo pintar su vuelo.

Todo era verdemente inútil.

Y el hombrecito verde dejó en el suelo el pincel verde y la verde pintura.

Se sentó en la alfombra verde sintiendo un burbujeo por todo el cuerpo. Una especie de cosquilla azul.

Y se puso a tocar la flauta verde mirando a lo lejos.

Y de la flauta salió una música verde azul rosa que hizo revolotear celestemente al pájaro.


FIN ✿◕‿◕✿

LAURA DEVETACH

7 de abril de 2020

MÁS.... AUTORAS ARGENTINAS

                                        
                       Laura Devetach
                                                            

 MONIGOTE EN LA ARENA 


La arena estaba tibia y jugaba a cambiar de colores cuando la soplaba el viento. Laurita apoyó la cara sobre un montoncito y le dijo:

—Por ser tan linda y amarilla te voy a dejar un regalo —y con la punta del dedo dibujó un monigote de seda y se fue.

Monigote quedó solo, muy sorprendido. Oyó como cantaban el agua y el viento. Vio las nubes acomodándose una al lado de la otra para formar cuadros pintados. Vio las mariposas azules que cerraban las alas y se ponían a dormir sobre los caracoles.

—Hola —dijo monigote, y su voz sonó como una castañuela de arena.

El agua lo oyó y se puso a mirarlo encantada.

—Glubi glubi, monigote en la arena es cosa que dura poco —dijo preocupada y dio dos pasos hacia atrás para no mojarlo—. ¡Qué monigote más lindo, tenemos que cuidarte!

—¿Qué? ¿Es que puede pasarme algo malo? —preguntó monigote tirándose de los botones como hacía cuando se ponía nervioso.

—Glubi glubi, monigote en la arena es cosa que dura poco —repitió el agua, y se fue a a avisar a las nubes que había un nuevo amigo pero que se podía borrar.

—Flu flu —cantaron las nubes—, monigote en la arena es cosa que dura poco. Vamos a preguntar a las hojas voladoras cómo podemos cuidarlo.



Monigote seguía tirándose los botones y estaba tan preocupado que ni siquiera probó los caramelitos de flor de durazno que le ofrecieron las hormigas.

—Crucri crucri —cantaron las hojas voladoras—. Monigote en la arena es cosa que dura poco. ¿Qué podemos hacer para que no se borre?

El agua tendió lejos su cama de burbujas para no mojarlo. Las nubes se fueron hasta la esquina para no rozarlo. Las hojas no hicieron ronda. La lluvia no llovió. Las hormigas hicieron otros caminos.

Monigote se sintió solo solo solo.

—No puede ser —decía con su vocecita de castañuela de arena—, todos me quieren pero porque me quieren se van. Así no me gusta.

Hizo “cla cla cla” para llamar a las hojas voladoras.

—No quiero estar solo —les dijo—, no puedo vivir lejos de los demás, con tanto miedo. Soy un monigote de arena. Juguemos, y si me borro, por lo menos me borraré jugando.

—Crucri crucri —dijeron las hojas voladoras sin saber qué hacer.

Pero en eso llegó el viento y armó un remolino.

—¿Un monigote de arena? —silbó con alegría—. Monigote en la arena es cosa que dura poco. Tenemos que hacerlo jugar.

“Cla cla cla”, hizo monigote porque el remolino era como una calesita.

Las hojas voladoras se colgaron del viento para dar vueltas.

El agua se acercó tocando su piano de burbujas.

Las nubes bajaron un poquito, enhebradas en rayos de sol.

Monigote jugó y jugó en medio de la ronda dorada, y rió hasta el cielo con su voz de castañuela.

Y mientras se borraba siguió riendo, hasta que toda la arena fue una risa que juega a cambiar de colores cuando la sopla el viento.


FIN ✿◕‿◕✿


Laura Devetach, del libro Monigote en la arena (Buenos Aires, Ediciones Colihue, 1984. Colección Libros del Malabarista).