Inolvidables momentos...... Nuestra escuela en el año 1963

17 de abril de 2020

Biografía de.....

 Gustavo Roldán

Gustavo Roldán, nació en Sáenz Peña, provincia de Chaco, el 16 de agosto de 1935. Fue un destacado escritor argentino.
Según algunas declaraciones hechas en su autobiografía, creció en el monte, en el Chaco, cerca del río Bermejo, en Fortín Lavalle, bien al norte de la provincia. 
Su padre era dueño de una hacienda y junto a su familia residía en el campo. Allí, no había libros, pero para Gustavo Roldan, en ese lugar existían cuentos todos los días. 
Ya que, los domadores, los arrieros, todos los hombres que trabajaban con las vacas, cuando volvían tarde a la hacienda, preparaban un fogón para hacer el asado y mientras se tomaban el mate contaban cuentos que hace cientos de años circulan por el mundo: los cuentos de Pedro Urdemales, de la luz mala, de aparecidos, de miedo… todos los cuentos folclórico.

Gustavo Roldán, buscó utilizar en sus cuentos para niños una serie de animales que conoció cuando era niño y vivía en el monte, durante muchos años.
Tales animales que son de un carácter muy argentino, le permitieron dar voz a ciertos hechos y valores de la sociedad, desde su accionar como protagonistas. Así, encontramos que en sus numerosos libros aparecen: sapos, zorros, quirquinchos, tatúes, piojos, bichos colorados, ñandúes, entre otros, que ficcionalizan historias la mayoría de las veces muy similares a las de los seres humanos.
Roldán, trabajó también en la reconocida Editorial Colihue (en ese entonces junto a su esposa Laura Devetach) donde dirigió algunas colecciones de libros para niños.
Gustavo Roldán, falleció el 3 de abril de 2012, a los 77 años en Buenos Aires, dejando tras de sí, un inmenso legado.




15 de abril de 2020

CUENTOS DE ....GUSTAVO ROLDÁN

El chivo del cebollar


Había una vez una viejita que tenía un pequeño huerto apenas más grande que un mantel, donde había plantado un hermoso cebollar.
Una mañana, cuando fue a regar sus cebollitas, se encontró con un chivo que se entretenía en pisotearlas.


                                                                                                       
—¡Salga chivo de mi cebollar! —gritó enojada la viejita. 

El chivo se quedó quieto. La miró de arriba para abajo y de abajo para arriba, y después le hizo:

—¡Brlrlrl! ¡Yo soy el chivo del chivatal y de acá nadie me puede sacar!

La viejita se fue muy triste. En el camino encontró un perro al que le contó la historia.

El perro la consoló y le dijo:

—No se preocupe, viejita. Ni por el huerto ni por la cebollita.

Cuando llegaron de vuelta, el perro ladró:

—¡Salga chivo de ese cebollar!

—¡Brlrlrl! —dijo el chivo mirándolo muy fijo a los ojos—. Yo soy el chivo del chivatal y de aquí ninguno me puede sacar.

Al perro se le pararon tres pelos del lomo y pensó que no le convenía pelear con ese chivo, y dijo que volvería otro día para sacarlo. 

La viejita volvió muy triste al camino a buscar quién pudiera ayudarla. Encontró al caballo y le contó la historia.

Y el caballo dijo:

—No se preocupe, viejita. Ni por el huerto ni por la cebollita.

Y cuando llegaron al huerto relinchó:

—¡Salga chivo de ese cebollar!

—¡Brlrlrl! —dijo el chivo mirándolo muy fijo a los ojos—. Yo soy el chivo del chivatal y de aquí ninguno me puede sacar.


Y siguió zapateando en el cebollar. Al caballo le corrió un escalofrío como si le caminaran siete ciempiés sobre el lomo. Y pensó que no le convenía pelear con ese chivo, y dijo que volvería otro día para sacarlo.

La viejita volvió muy triste al camino a buscar quién pudiera ayudarla. Encontró con el toro y le contó la historia. Y el toro dijo:

—No se preocupe, viejita. Ni por el huerto ni por la cebollita.

Y cuando llegaron el toro bramó:

—¡Salga chivo de ese cebollar!

—¡Brlrlrl! —dijo el chivo mirándolo muy fijo a los ojos—. Yo soy el chivo del chivatal y de aquí ninguno me puede sacar.

Y siguió zapateando más fuerte todavía entre las plantas.

El toro pensó que no le convenía pelear con ese chivo, y dijo que volvería otro día para sacarlo. 
La viejita volvió al camino, y en el camino se encontró con una hormiguita que andaba paseando.

—¿Por qué llora con tantas lágrimas? —le preguntó la hormiga.

Cuando escuchó la historia dijo:

—No se preocupe, viejita. Ni por el huerto ni por la cebollita.

—Ay, hormiguita, ¡cómo me vas a ayudar siendo tan chiquita!

—No se haga más problemas, pero para que lleguemos rápido álceme y lléveme en su bolsillo.
La viejita puso un dedo en el suelo y la hormiguita se trepó muy rápido. Después la puso dentro del bolsillo y volvieron al huerto.

Cuando llegaron la hormiguita dijo:

—¡Salga chivo de ese cebollar!

—¡Brlrlrl! —dijo el chivo mirándola muy fijo a los ojos—. Yo soy el chivo del chivatal y de aquí ninguno me puede sacar.
Y se puso a zapatear con más fuerza sobre las cebollas.

Despacito, despacito, con paso de hormiga, la hormiguita se fue acercando. Y comenzó a trepar por la pata del chivo hasta que llegó a la punta de la cola. Y ahí, una y otra vez, lo picó a todo picar.

—¡Brlrlrl! —hizo el chivo con los ojos bizcos, y salió corriendo y se perdió a lo lejos para no volver nunca más.
Cuando la hormiguita se cansó de picar pegó un salto y, pasito a paso volvió a la casa.

Y ahí se quedó a vivir, en la azucarera de la viejita. Y ahí están todavía, charlando sobre chivos y cebollares y un montón de cosas más a la hora del mate.



FIN 
Historia de Pajarito Remendado
(Serie naranja)
Gustavo Roldán
                                                          





14 de abril de 2020

CUENTO 2


 UN PUEBLITO, de Silvia Schujer
Justo justo en el medio del mundo hay un pueblo tan chiquito, que en la historia se lo conoce, simplemente con el nombre "Pueblito". No sólo la pequeñez es lo que diferencia a Pueblito de los demás pueblos y ciudades del mundo, sino también sus costumbres.

Por ejemplo, que todos se conocen de memoria. Que viven agrupados en familias en las que, además de abuelos, abuelas y mamás, hay animales y plantas que llevan el mismo apellido.

Y qué cosa. A pesar de estar justo justo en el medio del mundo, Pueblito es un lugar muy poco visitado. Hay quienes no van porque opinan que es aburrido: no hay autos, no hay barullo ni graciosas confiterías.

Un día, sin embargo, llegó a Pueblito un señor nada joven, gordo, panzón y con cara de batata. Por todo equipaje traía una cámara fotográfica que colgaba de su cuello y un bolso. Era una mañana de sol y los pueblitenses, al verlo, lo recibieron contentos, con bombos y platillos.

El señor gordo panzón con cara de batata se acercó muy serio.

—Soy un gran empresario. Un réquete recontra empresario que sabe mucho de grandes empresas —dijo con voz distinguida.

Los pueblitenses lo miraron sin entender: no conocían la palabra "empresario", pero igual le ofrecieron ayuda.

—Quiero poner una gran empresa en este lugar —dijo el señor gordo y panzón—. Para eso, tengo que hacerlos famosos.

Los pueblitenses lo escucharon atentos.

—Necesito que me muestren los paisajes de este pueblo y mis fotos se convertirán en postales que el mundo entero verá y querrá conocer.

El presidente de Pueblito señaló la Plaza Central, llena de grandes y chicos pueblitenses y dijo:

—Éste es el paisaje más lindo que tenemos.

Pero el gordo panzón con cara de batata, frunció la nariz como de no gustarle. Y peguntó si no tenían museos, monumentos importantes...

—Aquella piedra donde duermen los pájaros es nuestro monumento nacional —respondieron seguros de éxito los pueblitenses.

Pero el gordo panzón con cara de batata, frunció la nariz como de no gustarle. Y algo enojado preguntó si acaso no tenían mares, palmeras, montes nevados.

—No —dijeron los pueblitenses preocupados por no poder ayudar al extranjero.

—Esto es una porquería —gruñó el señor.

Y los pueblitenses se largaron a llorar amargamente por el insulto.

Las inteligentes mariposas, que son mayoría en Pueblito, vieron lo que pasaba, y entre todas dibujaron sobre el cielo un hermoso paisaje de palmeras y mar. Al instante, cambiaron el dibujo y se volvieron montañas y ríos. Luego mar otra vez.

—¡Vea eso señor! —dijo el presidente: ¡qué lindo mar! ¡qué palmera tan alta tenemos!

—Ustedes me están embromando. Esas son mariposas —dijo el gordo panzón con cara de batata.

Y con la cámara de fotos y su bolso, empezó a caminar hacia otra parte, abandonando Pueblito. "Esto es una porquería", repetía a gritos mientras se alejaba.

Pero ya nadie podía escucharlo. Los pueblitenses estaban maravillados con los dibujos de las mariposas. Mares, palmeras, montañas, ríos y bosques que, desde ese día, convirtieron a Pueblito en el único lugar del mundo donde, al mismo tiempo, pueden existir todos los climas y paisajes que se imaginan.

FIN 

"Cuentos y chinventos" (1986).


13 de abril de 2020

CUENTOS DE SILVIA SHUJER

Cuento 1:              EL ASTRONAUTA DEL BARRIO

Apenas sonó el despertador, el señor Poquito Pérez saltó de la cama como un resorte. Se quedó un rato parado en el medio del cuarto, y cuando creyó estar despierto, subió la persiana.

"Va a ser un día de sol", se dijo. Porque a través de la ventana vio que el cielo estaba celeste.

Pensando en el sol, el señor Poquito Pérez se pegó una ducha fresca y se vistió con ropa liviana: un pantaloncito corto, una remera de hilo y una gorra con visera. También preparó los anteojos negros, pero no se los puso hasta la hora de salir.

Antes de afeitarse prendió la radio y escuchó un informativo. Entre noticia y noticia, el locutor le recordó a la gente que esa mañana empezaba el invierno.

"¡Pero si ya estamos en invierno!", se acordó el señor Poquito Pérez.



Así que, para no morirse de frío en la calle (a veces, aunque haya sol hace frío), además de lo que ya se había puesto, se calzó un buzo, un pañuelo de garganta, guantes y un par de medias de lana.

Después de afeitarse, el señor Poquito Pérez fue a la cocina a prepararse unos mates. Estaba desayunando cuando en eso miró la hora y recordó que no era domingo, que tenía que ir al trabajo.

"¡Qué tonto!", se dijo. "¿Cómo voy a ir a trabajar con pantaloncitos cortos?".

Volvió entonces a su habitación y así nomás -para no perder tiempo- se puso unos pantalones largos arriba de los cortitos, el saco del traje arriba del buzo (y de la remera) y un par de zapatos sobre las medias de lana.

Antes de salir a la calle, el señor Poquito Pérez volvió a mirar por la ventana y el celeste del cielo se había vuelto gris. No sólo no había una hilacha de sol, sino que las nubes, gordísimas, parecían a punto de explotar.

—Va a llover —comentó—. Lo que me faltaba.

Y para no mojarse, encima de lo que ya tenía, se puso una campera con capucha. Sobre la campera, un piloto y sobre los zapatos —para no arruinarlos— un par de botas de goma.

Un poco incómodo, el señor Poquito Pérez abrió la puerta y salió de su casa. Caminaba por la vereda tan despacio y endurecido de ropa que más de un vecino lo confundió con un astronauta. Y hasta tal punto parecía un astronauta que él mismo se convenció: cuando llegó a la parada, en vez de un colectivo, tomó una nave espacial (una que pasaba por la esquina). Y tan bien lo trataron en la nave esa mañana que, en vez de ir al trabajo, el señor Poquito Pérez, se fue derecho a la Luna.

Y lo bien que lo pasó...



FIN

Del libro El astronauta del barrio (Alfaguara)

10 de abril de 2020

ESCUCHAMOS UN CUENTO !!!!...... Con el sol entre los ojos - Elsa Bornemann




“Con el sol entre los ojos” es parte de una compilación de 12 cuentos de chicos enamorados llamada “No somos irrompibles”, escrita por la autora argentina Elsa Bornemann. . Editorial Alfaguara.